El hijo de David, Absalón, había rebelado en contra de su padre. Iba robando los corazones del pueblo de Israel, trantando amigablemente a todo mundo y diciendo que tenían razón en sus causas a todos los que venían al juicio (2a de Samuel 15:1-6). Absalón también contaba con la ayuda de Ahitofel, el consejero de David (2a de Samuel 15:12). En vista de esta rebelión David sale de Jerusalén, dejando a Sadoc, el sacerdote, y sus hijos y a un amigo, Husai, para servirle de espías y amigos en el concilio de Absalón.
Esto habrá sido un golpe muy fuerte para David. En primer lugar, el amaba mucho a Absalón (2a de Samuel 13:39, 14:1). Que su propio hijo estuviera en su contra no pudo ser fácil. Como dijo Shakespeare, por boca del rey Lear: “Cuanto más agudo que el diente de una serpiente es, tener una hija malagradecida”. También sentía la angustía de la traición de su amigo y consejero, Ahitofel. Sus sentimientos al ser traicionado por un amigo se pueden ver en el Salmo 55:12-14. Además de todo esto, aguanta el odio de algunos de sus ciudadanos (2a de Samuel 16:5-14), la tensión de su situación, y el agravio de las personas que decían que no había salvación para él en Dios (Salmo 3:2). Es una circunstancia de peligro, de angustia, de cansancio (2a de Samuel 16:14), de tristeza: hubiera sido muy fácil dudar. Pero este Salmo revela un estado de ánimo muy diferente a lo que podríamos esperar.
Junto con el título, los primeros dos versículos exponen su dificultad. David tiene muchas personas en su contra. Hay muchos que no solamente es que no lo apoyan, sino que le desean mal; muchos que quieren y trabajan para obtener su derrota. No se sabe si las personas del versículo 2 son enemigos, amigos débiles, o las dos cosas. Pero ciertamente no era una ayuda para David escuchar que la gente pensaba que Dios no lo ayudaría, que no obtendría libranza en esta circunstancia.
Pero la fe de David se opone a todo: surge triunfante sobre todas las circunstancias, y llega a la declaración que ocupa el resto del Salmo. Afirma que sí hay salvación para él en Dios. Se dirige a Jehová orando y expresa lo que Dios es para él: en esto explica algo de lo que significa tener a Dios cómo salvador.
Jehová es su escudo, v.3. Así cómo Dios había proclamado a Abraham (Génesis 15:1) que era su escudo, David tiene la misma confianza. Dios es quien nos defiende.
Jehová es su gloria, v.3. El es nuestra magnificencia, nuestro tesoro (Ester 1:4). Si tenemos a Dios tenemos la gloria que este mundo intenta sustituir con su fama y sus premios y su dinero y su prestigio.
Jehová es el que levanta su cabeza, v.3. Es decir, Dios es quien nos quita el oprobio y la afflicción (Génesis 40:13; 2a de Reyes 25:27). Su ayuda en cuanto a esto no viene de Joab o sus ejércitos: es Dios quien le quita los reproches de los demás y le saca de la angustia.
Jehová es quien lo oye, v.4. Dios recibó su petición y le contestó. Dios no es como los dioses de los pueblos, que aunque tienen orejas no oyen (Salmo 115:6) –Dios, aunque es invisible e incorporal (1a de Timoteo 1:17; Juan 4:24), aunque no tiene orejas como una estatua, sin embargo escucha (Salmo 65:2). Y ¡qué milagro, que el infinito y santo Dios reciba nuestras peticiones!
Jehová es quien lo sustenta, v.5. Así cómo las columnas de una casa lo apoyan (Jueces 16:29) nosotros somos apoyados por Dios. Sin él, caeríamos: en pecado, en depresión, en muerte. Pero tenemos la promesa, “El eterno Dios es tu refugio, y acá abajo los brazos eternos” (Deuteronomio 33:27). Es porque Dios le apoyaba que en estas circunstancias David podía descansar. Había paz en su corazón, suficiente para dejarle dormir, porque Dios es quien lo sustenta. No solamente eso: aunque él durmía, Dios no (Salmo 121:3,4). Y no le vino ningún daño, porque Dios lo sustentaba
Jehová es quien lo libra de temor, v.6. David tiene la confianza (manifestada en el versículo anterior) que no importan la cantidad de personas que estén en su contra: porque él tiene a Dios a su lado. Ha aprendido la lección que Eliseo intentó enseñar a su criado. Un ejército de Siria salió para prender a Eliseo, y el criado tuvo miedo. Pero Eliseo le dijo: “No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos” (2a de Reyes 6:11-19), pues alrededor acampaban los ejércitos de Jehová.
Jehová es su Dios, v.7. Esto es un punto importantísimo. Cuando Dios se compromete a ser nuestro Dios, eso es la fuente de todas las demás bendiciones. Los que no tienen a Jehová por Dios, no tienen su protección, su favor, su atención. Aquí David se confiesa un hijo del pacto hecho con Abraham (Génesis 17:7). Eso impone ciertas obligaciones (Génesis 17:9-14): pero también involucra que Dios se compromete con nosotros.
Jehová es quien derrota sus enemigos, v.7. David está en estas circunstancias por sus enemigos. Pero Jehová los derrota. Jehová usa medios: Joab y el ejército pelean. Pero la Bíblia no nos deja dudar que al final de cuentas fue Dios. Esto no solamente por su enseñanza que Dios siempre controla todo (Efesios 1:11), sino también por lo que dice específicamente del consejo de Husai. David había pedido a su amigo leal, Husai, que regresara a la ciudad y ofreciera sus servicios a Absalón, para hacer nulo el consejo de Ahitofel (2a de Samuel 15:30-34: es interesante notar que Husai viene a David, justo después de que él ha orado que Dios entorpeciera el consejo de Ahitofel). Husai cumple los deseos de David (2a de Samuel 16:16-19). Cuando Ahitofel da consejo bueno acerca de cómo vencer a David, Husai les convence que no es bueno, y las da un consejo que asegura la derrota de los revolucionarios (2a de Samuel 17:1-13). Y el comentario divino es: “Entonces Absalón y todos los de Israel dijeron: El consejo de Husai arquita es mejor que el consejo de Ahitofel. Porque Jehová había ordenado que el acertado consejo de Ahitofel se frustrara, para que Jehová hiciese venir el mal sobre Absalón (2a de Samuel 17:14).
Jehová es el único salvador, v.8. Lo dicho en el salmo colma en esto. Había quienes decían que para David, Jehová no era salvador. David comprueba que Dios sí era su salvador, y ahora confiesa, cómo Jonás (Jonás 2:9) que: la salvación es de Jehová. El es el único que tiene salvación. El es el único que puede salvar (Isaías 43:11; 45:22). Si nuestra salvación no viene de él, simplemente no es salvación. Pero el único que puede salvar, ha decidido salvar.
Si tenemos a Dios, no nos importa que más falta: con él, tenemos defensa, tenemos sustento, tenemos gloria, tenemos salvación. Dios es lo que vale la pena buscar.
Dado que nuestro Dios es así, es lógico compartir la actitud de David. Si Dios es cómo se manifiesta, fuerte, sabio, único, y a la vez, compasivo: ¿por qué temer? ¿por qué dudar? Y si nuestro Dios es así, es lógico orar, como lo hizo David,
Sobre tu pueblo sea tu bendición (Salmo 3:8).
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Apesar de la oposición de las naciones, por medio de la oposición de las naciones, Dios ha establecido a Cristo como Rey (v.6). Como hemos visto, esto se logró en su cumplimiento definitivo en Cristo por medio de la crucifixión. Y ahora, Cristo es exaltado, dado toda potestad en el cielo y en la tierra, dado un nombre sobre todo nombre al cual todos algún día se arrodillarán.
Y esto fue conforme al decreto de Dios. Por lo tanto, en el v.7 el ungido mismo comienza a hablar, y publica el decreto de Jehová. El dicho Mi hijo eres tú, yo te engendré hoy se usa tres veces en el Nuevo Testamento. En Hechos 13:33 Pablo lo aplica a la resurrección de Cristo, diciendo que la promesa hecha a los padres Dios ha cumplido a los hijos de ellos, a nosotros, resucitando a Jesús; como está escrito también en el salmo segundo: Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy. Hebreos 1:5 usa este Salmo para enfatizar la superioridad personal y oficial del Hijo de Dios a los ángeles. Y Hebreos 5:5 usa este texto del segundo salmo para establecer que Dios le honró. Juntando estas cosas, y pensando en el carácter real de este salmo mesianico podemos ver que en la resurrección se declaró o estableció la posición oficial de Cristo como Rey mediatorial del universo (compare Romanos 1:3,4), y que a esto se refiere David.
El v.8 nos dice que el dominio de Cristo es un dominio universal. Parte de su trabajo de sacerdote fue y sigue siendo el interceder ante Dios. Cristo toma posesión de todos los confines de la tierra como una respuesta a sus oraciones. El v.9 parece infomarnos que habrá resistencia; que esta guerra tendrá casualidades, pero al final de todo Cristo es el supremo, el que tiene el dominio.
Ahora en base de que Dios por su decreto ha establecido a Cristo como el rey universal, bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes y Señor de señores (1a de Timoteo 6:16), el salmo se dirige hacia los reyes y jueces diciéndoles que la prudencia misma dicta que se sometan a Jehová. Obviamente expresa que toda autoridad tiene el deber de someterse a Dios en su vida personal y en la manera en que gobierna. Pero esto no exime a los que no sean gobernantes. Fueron los pueblos que se amotinaron, y sus reyes que conspiran; no podemos limitar esta amonestación a los grandes de la tierra. Tenemos, pues, el deber de servir a Jehová. El texto nos dice que debemos hacerlo con temor, y alegrarnos con temblor. El temor de Jehová y la alegría no están opuestas; y cuando tenemos el gozo del Señor no nos olvidamos de la majestad de Dios. El v.12 nos dice que no podemos servir a Jehová si no honramos al Hijo. Esto se conforma al dicho de Cristo mismo en Juan 5:23 donde dice que el Padre dió todo juicio al Hijo para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió. No hay manera de venir a Dios o agradar a Dios sino en unión con Cristo. Si la ira del Hijo se enciende contra nosotros pereceremos en el camino; de cierto, el Padre le dió el juicio.
Puesto, entonces, que el decreto de Dios es que Cristo sera rey; puesto que Cristo juzgará el mundo; que por su muerte y resurrección ha sido elevado a ser el soberano universal; que el que pelea contra Cristo pelea contra Dios; entendemos el último dicho del Salmo Bienaventurados todos los que en él confian. Hay otro elemento que lo hace más claro; es que es un rey bondadoso. Como este salmo se dirige a los rebeldes habla de su bondad poquito; pero podemos aplicar a Cristo lo que la reina de Sabá dijo a Salomón: Jehová tu Dios sea bendito, que se agradó de ti para ponerte en el trono de Israel; porque Jehová ha amado siempre a Israel, te ha puesto por rey, para que hagas derecho y justicia (1a de Reyes 10:9). Y podemos decir que esto es cierto, que fue por amor de nosotros que Dios nos ha dado tal rey, por el dicho de Pedro A vosotros primeramente, Dios, habiendo levantado a su Hijo, lo envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad (Hechos 3:26) La exaltación de Cristo es para nuestra bendición. Y queda aún más claro cuando Pedro dice de Cristo A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados (Hechos 5:31).
Entendiendo no solamente la certeza de su reino (basado en el decreto de Dios) y la plenitud de su reino (es universal), sino también los beneficios que ha traído, apreciamos el dicho Bienaventurados todos los que en el confían.
No debe faltar hacer la comparación lógica con el primer Salmo. Ese Salmo nos cuenta de la bienaventuranza del varón que se aparta de la iniquidad y medita en la ley de Jehová. Este Salmo nos anuncia la bienaventuranza de los que confían en Cristo. No son dos tipos de personas; no son dos tipos de bienaventuranza. El que confía en Cristo toma su cruz y lo sigue, y es rechazado por el mundo porque no es como el mundo. La persona que medita en la ley de Jehová con delicia es la persona que encuentra a Cristo en sus páginas.
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